lunes, 20 de enero de 2020

En círculos

Somos una circunvalación sin salidas, una moqueta de alquitrán y hierros. Antinatural, porque no es caos. Somos orden y el orden es, en esencia, un desafío a la naturaleza. Gaudí se obsesionó con borrar los límites entre lo natural y lo humano, pero me pregunto si su obsesión radicaba en la creencia de que estos eran lo mismo o si, por el contrario, su intento respondía más bien a la comprensión de que están estos dos inevitablemente contrapuestos,  y que por lo tanto sólo pueden unirse como si de un mosaico de trencadís se tratara, juntando con masilla pedazos desiguales de azulejos para crear un efecto mágico, aunque poco duradero - lo que tarda un vistazo - de homogeneidad. 

Yo caigo en el saco de los segundos, y por ello reivindico un uso del calificativo de "antinatural" libre por fin de connotaciones negativas, que huelen a incienso y a pergamino. Es una cuestión de principios, pues no puedo rechazar esta categoría cuando el mismo suelo que piso pertenece a ella. El trencadís es un mapa y sobre mapas caminamos. Ambos responden al mismo capricho de las manos que los trazan y los pegan y fuerzan sus piezas unas con otras. ¿Qué es el arte sino juntar cosas con pegamentos perecederos y materiales reciclados? La literatura es eso: juntar tinta ya escrita de otra manera. Los mapas son literatura y sobre ella caminamos. Lo antinatural es el sustrato de nuestra existencia. Antinaturales pues, por debajo.

Pero antinaturales, también, por arriba. Porque para rechazar lo inventado - o mejor, lo construido - por abajo, no nos queda otra que elevarnos y recurrir a lo construido por arriba. El término elevar lo uso de un modo descriptivo y no moral. No hay moral en la ficción porque no responde ésta a ninguna norma del mundo. Está fuera de él y por eso nos permite describirlo como queramos. Las ideas son ficciones que encajamos como trozos de colores también. Platón decía que nos son dadas. No se puede inventar nada, sólo unir lo inventado de manera diferente. Nuestra historia es un jugar con piezas de lego infinito. Pero no creamos, eso no. Nuestro complejo de mortales crece como una enredadera de la semilla que es nuestra incapacidad de crear. Esa incapacidad nos aburre y el aburrimiento de lo ya vivido nos envenena por dentro. Antinaturales por arriba también, a nuestro pesar. 

Me dirás que arriba y abajo son en realidad lo mismo y no puedo decir que no. Se unen sus puntas para crear la circunvalación sin salidas - ya desde su construcción se sabía que no harían falta - que rodea la naturaleza. Transitamos por ahí. Vivimos y morimos en el alquitrán suspendido encima del caos, asomándonos de vez en cuando con timidez por encima de los quitamiedos, como el niño que mete los dedos de los pies en la piscina y no se atreve a tirarse. Conversamos entre nosotros y comentamos lo bien que estaría bajar algún día, hacer una escapadita de un fin de semana quizás. Nos permitimos el lujo de retarnos porque en el fondo sabemos que nunca ocurrirá. No pertenecemos nosotros ahí abajo. Se desvanecería todo ante nuestros ojos construidos, pues no hablan estos el lenguaje de lo inasible. Solo en lo construido podemos dormir tranquilos, porque somos construcciones nosotros mismos. Trencadís andante. Antinaturales por arriba y por debajo.

Yo creo que un día la naturaleza se desbordará y se comerá todo lo humano que osa desafiarla. Gaudí sonreirá en su tumba o llorará, no lo sé porque no conozco al buen hombre. 





miércoles, 15 de enero de 2020

Taxman


Let me tell you how it will be
There's one for you, nineteen for me
'Cause I'm the taxman, yeah, I'm the taxman

Se abre el telón.

Suena en la radio una entrevista. Un profesor de secundaria, escandalizado, libre de pecado neoliberal, habla sobre lo que él llama "pantallas tóxicas" y el efecto nocivo que tienen en la juventud. Habla de Bad Bunny, de Anuel, de Rosalía y de Travis Scott. Para él todo aquel que tenga más de un millón de visitas en Youtube es una marioneta de los propietarios, oligarcas, neoliberales ultracapitalistas, megasexualizadores, ultraneomegaextrafascitas. Me recuerda hablando al militar de Dr. Strangelove, el que decía que los rusos infectaban el agua para que los americanos se volvieran homosexuales. Qué escándalo. Qué desfachatez. Pobres adolescentes sometidos a los intereses del capital. 

Es la radio nacional más a la izquierda de la izquierda, pero yo tengo que mirar dos veces la emisora para ver si he cambiado sin darme cuenta a la Cope o a Radio María - siendo esas las emisoras que sintonizaría si quiero que un cura me hable sobre la corrupción moral de Occidente -. Aunque pensándolo bien, no creo que ni siquiera un cura hablara de eso hoy. Es la paradoja: Hay más sacerdotes en Carne Cruda que en la Cope, y eso tiene que ver con algo que se dice explícitamente a lo largo de la entrevista: "Hay que convencerlos para que se pasen al lado bueno". Manda narices. 


Should five per cent appear too small
Be thankful I don't take it all
'Cause I'm the taxman, yeah, I'm the taxman

De las muchas cosas que me ponen malo de este discurso, destaco como especialmente nefasto el tufo a clasismo rancio que desprende. Es la misma historia de siempre. Resulta que los pobres y las minorías nos interesan sólo mientras dicen lo que está bien que digan. Es incómodo que alguien que ha vivido en los márgenes durante gran parte de su vida ahora sólo quiera hablar de sus millones, sus drogas y sus bixis. Es incómodo también que venda tanto esa realidad, porque no es ni bonita ni edificante. Se queja el buen hombre de que los jóvenes de hoy en día sólo quieren hincharse a follar y hacerse millonarios, y tiene la cara de decirlo escandalizado, como si fuera algo inédito, como si el sexo y el dinero fueran cosas que se han inventado en los despachos los directivos de las discográficas. 


If you drive a car, I'll tax the street
If you try to sit, I'll tax your seat
If you get too cold, I'll tax the heat
If you take a walk, I'll tax your feet

Lo que no sé es qué exactamente le parece tan nuevo sobre esto. Recurro a los Beatles. Resulta que los fab four tenían motivaciones más allá del arte. Querían forrarse también (¡Qué escándalo por dios!), y por muy hippies que fueran, les jodía y bien que el gobierno laborista de Harold Wilson se llevara a espuertas el dinero que producían sus creaciones. Después de haberse pasado media vida intentando ganar pasta, resulta que ahora venía un pijo de Oxford a quitarles veinte peniques de cada libra que ganaban. En respuesta compusieron "Taxman", tema que me puedo imaginar sonando en los mítines de Thatcher apenas unos años después. Y pese a todo, me cuesta imaginarme a un directivo en traje susurrándole la letra al oído a George Harrison.

Es lo que tiene el arte, que responde a la libertad de sus creadores. Y eso implica contradicciones. Divertidísimas contradicciones. Yo sigo flipando cada vez que la escucho. Ignorando cualquier tipo de deuda ideológica, desprende una libertad y un descaro difíciles de comprender a día de hoy. Hippies hablando sobre pagar menos impuestos. Vivan los sesenta.Y si hablamos sobre drogas, no olvidemos que encontramos en "Revolver" también a ese Dr. Robert dispuesto a ayudar a cualquiera que lo necesite. Pero eso para otro día. Por hoy termino mi chapa interminable en contra de los curas de distinto signo. Llamadme corrupto moral. Llamadme esclavo del mercado. Llamadme siervo del neoliberalismo. 

Termino citando a Future: "Percocets (Ya), molly, Percocets (Percocets)"




lunes, 13 de enero de 2020

Berta Isla

Adopta un personaje de Javier Marías. Dale la vida que se merece.

Autoritario más que autor, su idea de creación es la del dios castigador del Antiguo Testamento. Me compadezco de sus personajes, figuras de papel cuya única razón de ser es la de vivir arrastrados por las violentas ráfagas de viento que son sus deseos narrativos. Son igual de planos que un folio, también. Y que no se me malinterprete. Me ha gustado mucho Berta Isla y creo que es un libro lleno de momentos magníficos. Aún sin haber leído mucho de su obra - y lo que es más, sin haber leído sus mejores libros -, empiezo a reconocer y disfrutar la marca Marías en cada digresión filosófica, reflexión moral y referencia Shakesperiana. Es un autor maduro con una voz propia al abrigo de la cual me apetece volver una y otra vez, pese a que a veces pueda ser un poco cansino.

Pero si vuelvo - y digo ya que ese "si" condicional tiene más de afirmación que de posibilidad -, no será por sus historias. Desde luego no por la historia de Berta Isla, porque si bien es verdad que he disfrutado, a ratos he tenido también la sensación de que el matrimonio de paja que protagoniza supuestamente su historia no es más que un decorado de fondo en un escenario con Javier Marías en el centro, soltándonos la perorata de turno sobre el concepto de verdad, la idea de fidelidad, los poderes oscuros que pueblan las cloacas del mundo, la construcción inevitable de la identidad a través de nuestros errores... lo que calificaríamos como temas ligeritos, en definitiva.

Muy interesante, ojo. Tremendamente interesante. No puedo más que disfrutar de las idas y venidas de una mente de lucidez extraordinaria, capaz de captar las verdades más profundas e incómodas de nuestra existencia con un lenguaje certero y directo, que evita lo pomposo sin dejar de ser intimista. El problema, o al menos mi problema, es que no dejo de ver su silueta a través de cada parrafada, como si no pudiera resistir la tentación de aparecer en sus historias. Javier Marías vive en un cameo constante. Sus historias son excusas para hacer columnas interminables. Su tono es también de columnista de domingo, lanzando frases como si fueran verdades absolutas y sentando cátedra en cada oportunidad que se le presenta. Como narrador, le cuesta bajarse del estrado. Como profesor de la vida, no le interesa entrar en diálogo recíproco con aquellos que considera sus alumnos, no siendo éstos en realidad más que lectores. 

Durante un tiempo no estuvo segura de si su marido era su marido/ p.1

Yo durante un tiempo no he sabido si esto es una novela o un ensayo filosófico en el que se han caído por accidente unos cuantos personajes de ficción, como anacardos que aparecen en una bolsa de pipas por sorpresa. Y sin embargo, se disfruta y mucho Berta Isla. Supongo que dice mucho de Javier Marías, que pese a sus defectos no pueda dejar de considerarlo uno de los mejores escritores que me he echado a los ojos. 



martes, 7 de enero de 2020

I THINK


Four, skate, four, skate!

Qué swag. Pupum ka, pumpum ka. Sonido estático, como una alfombra rugosa de ruido, y de repente te mete un bajo como un abejorro de gordo. Va añadiendo capas, sin prisa. Entran arpegios simples, arpegios de alguien que no ha estudiado música en su vida y aún así la entiende como su lengua materna porque ha mamado todo el soul y el rnb y el hip-hop que te puedas imaginar. Porque es un obseso del sonido. Los sintetizadores son cutres, a más no poder. Pero no pasa nada porque se aplican otras normas: las de su universo. Sin que te des cuenta te ha metido en él, sin pedirte permiso.


Me gusta pensar que si hiciera música sonaría como Tyler, salvando las distancias. Me identifico con su empanada mental. Él la pinta con música, como un pollock negro lanzando sintetizadores de sierra a la pared. Cabreado. No. Confuso. Virgen Santa qué maravillosa confusión, qué paisaje impresionista. Si lo miras de cerca no tienes ni puñetera idea de lo que se representa y tienes que mirarlo - en este caso escucharlo - dos, tres, diez veces más. Viva Tyler. Mientras escribo esto escucho "I THINK" y me dan ganas de abandonar cualquier norma establecida de comunicación, de imaginarme mi propio idioma como él y de mesijo canupitre rocoteri masinello.

I Think I've fallen in love
This time I think is for real


Lo canta Solange. Me los imagino en el estudio y se me cae la baba: balanceándose, en trance, cantando algo tan simple al ritmo de algo tan difícil de asimilar, porque suena a basura si uno no se introduce del todo. Hay que dar el salto de fe para comprenderlo. Meterse en la canción como el que se zambulle en un barreño de natillas (Tyler sabe a natillas) y nadar y gritar y comer galletas y romper cristales con un bate y enamorarse.

Tremenda manera de combinar violencia en el ritmo y dulzura en la música. Maravillosa confusión de artista enamorado. Habla sonidos que no son necesariamente música. Son reflejos estéticos de un mundo que sólo él comprende. Su creación artística, que es visual y textil y otras muchas cosas aparte de musical, es un universo de recursos infinitos. Por eso suena tan alienígena y tan cercano. No es que sea de otro planeta sino que vive en él, en el suyo propio. Todo lo que produce son souvenirs de ese mundo suyo, inaccesible.
Póngame diez.



domingo, 5 de enero de 2020

Watchmen

En sus viñetas habitan un tío azul que va siempre con el pito al aire, un millonario heredero que se viste de búho, un justiciero anarco-liberal que ha leído demasiado a Nietzsche y un malo malísimo que quiere jugar a ser dios. Es fácil, por lo tanto, quedarse en lo banal de los personajes de Watchmen, y en cierto modo es precisamente en esa simpleza donde reside la clave de una obra que se envuelve en su aparente carácter inofensivo para desarrollar una reflexión certera, compleja y extremadamente profunda del siglo veinte. Y lo que viene después, claro. 

Caricaturizando la América - y por ende, occidente - psicótica de la guerra fría, Moore y Gibbons trazan con maestría el perfil psicológico de una sociedad que ha transcendido en buena medida sus fronteras físicas y temporales, determinando así el estado anímico de la cultura occidental hasta bien entrado nuestro siglo. El resultado es un relato que resuena con fuerza en la conciencia colectiva de todos aquellos que nos hemos criado fantaseando con vestirnos con los calzoncillos por encima del pantalón e impartir justicia por nuestra cuenta y riesgo. Afortunadamente, de todo se sale. La pregunta es inevitable, y se hace innumerables veces a lo largo de la novela: ¿Esto para qué?

Me parece esta cuestión más interesante que la que se usa normalmente como reclamo comercial de la franquicia: Who watches the Watchmen?, porque para mí el meollo no está en cómo convivir con los superhéroes sino en su propia existencia y en lo que ésta dice de nuestros miedos y aspiraciones como sociedad. Encontramos aquí una llamada de atención que no intenta moralizar. Una reflexión sobre la idea de héroe que se aplica tanto a Supermán como a El Cid o a Pelayo, todos santos laicos de la religión popular. Aún en el siglo veintiuno seguimos necesitando figuras de palo para figurarnos de manera efectiva ideas como la justicia, el bien, el mal o la codicia.

No dice mucho de nosotros que personifiquemos esas ideas en personas que recurren a la lucha enmascarada empujados por sus ansias de adrenalina, sus traumas infantiles, sus inseguridades o sus egos insaciables. Watchmen es el espejo que refleja y deforma nuestra admiración irracional de lo mítico, de lo legendario; en definitiva, todo aquello que mueve el mundo pero que se queda en nada cuando rascamos un poco. Delirios de grandeza y nuestra tendencia a creernos paladines del bien. En eso nos quedamos cuando nos quitan nuestras caretas. Duele admitir que, pese a nuestras democracias y nuestros sofisticados sistemas diplomáticos, en algún lugar de nuestras cloacas espirituales reside la creencia de que el mundo iría mejor si nos dejáramos de tonterías y saliéramos a la calle por la noche para hacer del mundo un lugar mejor. De aquellos polvos estos lodos.

Como anotación, aclaro que hago mis divagaciones sabiendo que me he perdido la mitad del subtexto que cimienta esta novela, porque si bien hay un nivel accesible de crítica social, no es fácil para alguien no muy ducho en la cultura e historia de los cómics desentrañar todos los dobles significados y las referencias que plagan las viñetas de esta historia. La cultura de los magazines Pulp y sus proto-superhéroes son el sustrato principal de la historia. Por momentos he deseado tragarme de golpe, con frenesí, la ingente cantidad de tiras de cómic que conforman el abono de Watchmen. Cuanto más sano es el vicio, más difícil es admitir que tienes un problema. 

Volviendo al principio: todo comienza con el asesinato de El Comediante, un personaje detestable que parece, sin embargo, haberlo entendido mejor que nadie: El mundo es una gran broma. En algún momento de la historia, alguien dice que Robert Redford se va a presentar a presidente. Lo que en los ochenta era un guiño bromista de los autores es hoy menos broma de lo que parece. La coña se va haciendo más pesada mientras el Apocalipsis que contextualiza la novela suena hoy más familiar de lo que nos gustaría. Por polemizar, no puedo dejar de mencionar que uno de los personajes, con su pancarta que reza "THE END IS NIGH" y sus revistas alt-right, no deja de recordarme un poco a Greta. Se parecen mucho los profetas. La lucha por el bien abstracto siempre nos lleva a los uniformes. Al terminar la historia, unos se quedarán con Rorschach y otros con Dr. Manhattan. Algunos incluso con Veidt. Yo creo que me quedo con el chaval que se queda calentico en la boca de agua, leyendo su cómic de piratas.








martes, 31 de diciembre de 2019

Suena Mecano

Fue su primera palabra. Papá se había emocionado, creyendo que se refería a él. Ella se lo repetía, como dejándoselo claro: que no era “papá” lo que decía, sino “Papa”. Eran cosas diferentes. Así como el Yayo no era lo mismo que Papa, pues el primero vivía cerca y el otro lejos; tampoco era lo mismo Papa que papá. Los separaban los mismos miles de kilómetros. Ella lo sentía así, como una distancia física. Era una imposibilidad geográfica que papá fuera lo mismo que Papa, y eso sin tener en cuenta sus sospechas de que el segundo era a su vez papá del primero. Intentaba no pensarlo mucho, porque le mareaba un poco. Qué complicado todo. ¿Cómo podía pensar papá que se refería a él cuando decía claramente “Papa”? Menudo follón. 

Habían ido muchas veces a casa de Papa y Mami, pero nunca con abrigo y gorro, al menos no que ella recordara. Tampoco tenía muy claro que ese fuera su destino. Lo suponía porque llevaban ya demasiado tiempo en el coche. Los viajes a casa del Yayo y la Yaya eran cortos y con muchas luces de colores. Para ir a casa de Papa y Mami, sin embargo, no había luces (ni muchas, ni de colores), ni gente, ni semáforos. A veces paraban a comer. Todo cuadraba, menos el frío. El frío no pintaba nada en su diagnóstico. Ella iba a casa de Papa en pichi o en vestido, con gafas de sol y sandalias. Siempre había sido así, hasta donde alcanzaba su memoria. Sus padres, sin embargo, tenían la mala costumbre de romper las tradiciones. Menudo follón. Así no había quien se aclarase. 

Inició su protocolo de enfado habitual: mirada al suelo, labio inferior sobre el superior y ceño fruncido. La habían puesto de mal humor con tanto secretismo. En más de cinco horas de viaje no había levantado la mirada de sus botines de invierno, aunque a veces echaba un vistazo de reojo, sólo para ver si alguno le estaba haciendo caso. Sus padres, sin embargo, apenas se habían percatado de su malestar. Cantaban canciones cutres a pleno pulmón en la parte delantera del coche, que a veces se convertía en un universo aparte, un club exclusivo para adultos. Dejaron de cantar cuando una señora con voz aflautada decía algo sobre una puerta y un sol. Hablaba de echar de menos a los que ya no están y de decir adiós. Mamá le cogía la mano a papá. Ninguno de los dos le hacía caso.

Llegaron de noche, aunque “de noche” con frío es antes que “de noche” con calor. Conforme entraba por la puerta se vio envuelta por un abrazo inevitable, de pana macerada durante toda la tarde en brasero de ascuas. Papa la llevaba hasta su sofá orejero, donde empezaría a hablarle con estridencia mientras la sujetaba por las axilas. Ella reía y decía “Papa” una y otra vez tal y como sabía que le gustaba – que le “chalaba”, como diría él -. Hacía mucho tiempo que no lo veía. Más o menos desde la última vez que llevó vestido, sandalias y gafas de sol. Se alegraba de estar allí, aunque no supiera el motivo. 

Mientras su abuelo la agarraba como si se fuera a desvanecer en el aire, ella inspeccionaba el salón. Tenía ya unas cuantas pistas, pero no quería precipitarse. La última vez que se pasó de presuntuosa acabó decepcionada porque, al contrario de lo que había creído toda la fiesta, fue mamá en vez de ella la que acabó soplando las velas y llevándose los regalos. Unos meses después, sin embargo, ocurrió lo contrario. Las reglas seguían cambiando a su alrededor en un mundo incomprensible y una nunca podía ser demasiado cautelosa. En cualquier caso, el árbol, las luces parpadeantes, el bebé rubio y la mesa puesta eran pruebas casi concluyentes. Había, sin embargo, un elemento discordante, algo que no le cuadraba en aquel salón. Un vacío inexplicable.

No fue hasta que la sentaron a la mesa que se dio cuenta por fin: ¡Faltaba una silla! Miró a su alrededor con incredulidad. No podía ser posible. ¿Acaso no se daban cuenta los demás? Allí faltaba un comensal. O comensala. Como se dijera, no importaba. Faltaba un cuchillo y un tenedor y una copa y un plato y un cuenco para las cáscaras. Buscando una explicación miró a sus primos, a su tía, a Papa y a papá. Agitaba los brazos con nerviosismo y señalaba la esquina que la última vez había ocupado alguien mientras los demás se reían de su agitación. 

“Alguien quiere comer”, dijo papá, que era buen tío, pero a veces hablarle era como hablarle un muro. Aquello tenía que ser una pesadilla. Faltaba una silla y eso significaba que se había equivocado de nuevo, que no era navidad lo que celebraban sino otra cosa y que las reglas habían cambiado de nuevo. Así no había quien se aclarase. Menudo follón. Cómo iba a ella a memorizar de qué iba cada fiesta si le ponían todo patas arriba. Encima nadie parecía tener la más mínima preocupación. Todos sonreían y charlaban como si no pasara nada, sin hacer referencia al vacío en aquella mesa. No era sólo que nadie quisiera darle una respuesta, sino que ni siquiera parecían percatarse de una falta que era para ella tan evidente. 

No podía creerlo. Miró al suelo, superpuso el labio inferior al superior y frunció el ceño, aunque sabía que nadie le haría caso. Nadie, excepto Papa, que la miraba con ojos llorosos desde su silla. Este se levantó dificultosamente, pero con determinación, apoyándose en su bastón de madera mientras carraspeaba, lo que provocó un silencio de expectación. Papa posó su mirada en cada uno de los comensales hasta pararse en su nieta y, tras respirar profundamente, respondió por fin a su pregunta silenciosa mientras sonreía:  “Feliz Navidad, y que siempre haya alguien nuevo para ocupar el asiento de los que faltan”.







martes, 24 de diciembre de 2019

Ain't it Funny

Octopus in a straight jacket
Savage with bad habits
Broke serving fiends
Got rich became a addict

En mi vida había escuchado algo tan bestia. Las gaitas del infierno de "Ain't it Funny" suenan como arañazos en el tímpano y no amaina su efecto perturbador con las escuchas, amontonadas una encima de otra como bolsas de basura que caen con peso y salpican. Me suena a eso: a basura, pero celestial. Es una sensación extraña que algo tan sucio, que apesta a aliento roto y a sudores secos, pueda provocar una sensación de plenitud así. Me siento un poco enfermo cada vez que la escucho y la disfruto. Es como drogarse. Este tema es lo más cerca que he estado de meterme speed, creo. 

Nose bleeds red carpets
But it just blend in
Snapping pictures
Feeling my chest being sunk in

Y eso que no la entiendo bien, porque el idioma de Danny Brown no es inglés sino otra cosa, mucho más directa y descarnada. Hay algo de místico en el hip-hop - aunque esto se acerque más al metal que al hip-hop -, un elemento de misterio que siempre se escapará al no-nativo. Me atrevería incluso a decir que se escapa no sólo al extranjero, sino al blanco en general, que es a su manera extranjero allá donde va, por estar en tantos sitios que ya ni se encuentra. Hay líneas crípticas, indescifrables para mí, aunque no por ello menos efectivas. Se podría decir que hasta disfruto de mi incapacidad de comprenderlo completamente. Le da un aire mágico a la experiencia, como cuando se formula un hechizo con palabras inventadas. Como cuando se invoca algo maligno con voz gutural. 

Cause you feel yourself crashing
Staring in the devil face
But ya can't stop laughing
Staring in the devil face
But ya can't stop laughing

Así conjura Danny Brown su propio sufrimiento en jeroglíficos escupidos y fascina al que escucha. Tanta oscuridad en tan pocas palabras. La expresión musical del sufrimiento suele seguir unos cánones bastante bien asentados: voces rotas, ritmos lentos, violines intensos, finales climáticos... Todas esas intensidades de cantautor. Aquí se revierten las expectativas del melodrama. Esta canción se ríe de los cantautores drogadictos en su cara. El suplicio interior se convierte en espectáculo y el espectáculo en negocio. La música de Danny Brown es su Gran Hermano del dolor particular y mientras lo vemos y nos cebamos de dolor convertido en nervio, nos recrimina que seamos partícipes de su mierda de vida. Está todo en esa frase: "mirando cara a cara al diablo, pero no puedes parar de reír". Es una risa frenética, incontrolable. Risa de Joker. Es una risa de tristeza que surge de entrañas descompuestas por el alcohol. De fondo suenan gaitas del infierno y lamentos de almas condenadas.









viernes, 20 de diciembre de 2019

Lou Reed era español

Lou nuestro
que estás en Manhattan,
santificado sea tu Walk on the Wild Side; 
venga a los españoles tu voz ... / p.197

Hay libros que merece la pena comprar sólo por el título. Yo por eso quería tener este, por su título y por tener a Lou Reed vestido de flamenca en mi estantería. Un Lou Reed como el del mítico "Transformer", con cara de Frankenstein, en blanco y negro. ¡Pero con una peineta! No sale en el libro con la guitarra, pero yo me la imagino, con los bordes de colores. Y Lou por seguiriyas. Olé. 

Así de frívolo soy. Me gusta la idea más que el libro en sí. Ya querría yo amarlo tanto como Manuel Vilas lo ama. Rezarle así como le reza él, pero se me da mal rezar. Bueno, en realidad sí rezo, pero a escondidas, porque me da pudor la idolatría. No admitiré, por lo tanto, que rezo a veces, pero Vilas sí que lo hace. Y de qué manera. 

...hágase tu música
así en España como en el mundo.
Danos hoy
nuestra entrada gratuita a tus conciertos.../ p.197

Este libro es una carta de amor escrita aún con lágrimas en los oídos, apenas unos años después de la muerte del ídolo al que se pasó media vida persiguiendo por la península. Es una elegía española al hombre vestido de cuero, americano, lo antiespañol en resumen. Una contradicción en sí misma. Como lo fue que los tecnócratas crearan la clase media que luego les daría la espalda. Hombres de blanco que amaban la idea de pureza y que crearon la clase media que amaría al hombre de negro, el cual cantaba sobre heroína y jodienda. Amaba lo puro el último también, pero de otra manera. 

Perdona que en la heroína España
pirateemos tus discos,
como también nosotros perdonamos,
los millones de dólares que te llevaste
de nuestros hispánicos bolsillos... / p.197

Es una contradicción también, que Lou Reed coexistiera en el mismo espacio temporal con Julio Iglesias y con Suárez y con Calvo Sotelo y con el rey de España. Vilas la describe ese sinsentido de líneas temporales incompatibles de manera magistral, y quizás sea eso lo más interesante del libro, porque aparte de otras muchas cosas, este libro es un ensayo-ficción-poesía sobre la España que aprendió a amar el cuero. Por eso es, a su manera, algo profundamente nuestro, aunque el tío que lo protagoniza viviera en Manhattan y saliera con Warhol a meterse de todo y no tuviera ni idea de la diferencia entre Madrid y Barcelona. 

Es una excusa, en realidad, para hablar de nuestro país. O quizás no. Quizás Manuel Vilas sienta un amor por Lou Reed que está inexplicablemente ligado al que siente por su país. Porque Manuel Vilas ama España, con toda su alma. Franco también la amaba, pero de manera diferente, quizás porque no conocía a la Velvet ni a Warhol ni a Bowie. Estaba desfasado, el pobre. Esta es, en cierta manera, la historia de cómo España cortó con Franco gracias a Lou Reed, porque le ponía más. Decir eso, claro, es lo mismo que no decir nada. Inclasificable es la palabra, aunque no diga nada tampoco. Ni siquiera sé si me ha gustado. Ni siquiera sé qué mierda he leído aún. Puede que quiera más, pero en realidad no lo sé. Mañana os cuento.

...no nos dejes caer en la tentación
y líbranos del gilipollas de Jim Morrison.

Amén. / p.179




viernes, 13 de diciembre de 2019

Folsom Prison Blues


Hay cansancio en el trémolo de la guitarra que abre la canción. Se arrastra como a duras penas. Le cuesta arrancar. Va a la contra de masas de viento imparables.  Empezaría esta canción diez mil veces seguidas, una y otra vez, para escuchar sólo el inicio. Después pasaría directamente a La Estrofa, y la volvería a repetir otras tantas:
When I was just a baby
My Mama told me, "son
Always be a good boy
Don't ever play with guns"
But I shot a man in Reno
Just to watch him die
When I hear that whistle blowin'
I hang my head and cry.
La Estrofa, con mayúsculas, porque todo en "Folsom Prison Blues" pivota en torno a este fragmento. Seis o siete líneas como centro gravitatorio que conforma el nudo de la narración. Ese nudo contiene, a su vez, introducción, nudo y desenlace en sí mismo. No hay moraleja. Uno mata y después llora no tanto por lo que ha hecho, sino por las consecuencias. Ojo al matiz: no llora al ver el cadáver, sino al escuchar la sirena de policía. Es una epifanía que tiene poco de arrepentimiento. Después, en la cárcel, en Folsom, se lamentará el asesino de que la gente siga con sus vidas más allá de las paredes que lo encierran. No se lamenta por su situación, ya que no concibe alternativa. Él sabe que, de la misma manera que el destino de los ricos es fumar puros y beber café, el suyo era acabar ahí. Pero jode. Qué menos que cantarlo.
I bet there's rich folks eatin'
In a fancy dinin' car
They're probably drinkin' coffee
And smokin' big cigars
Well, I know I had it comin'
I know I can't be free
But those people keep a-movin'
And that's what tortures me

El protagonista de "Folsom Prison Blues" rompe el cuarto y el quinto mandamiento del tirón. El cuarto es más importante que el quinto. A su vez, el quinto es más importante que los tres primeros.  Están ordenados de lo divino a lo terrenal, los mandamientos. Los tres primeros son de dios. El cuarto y el quinto, visagras entre lo misterioso y lo terrenal. Los demás son los mandamientos de los pobres, los que intentan regular la vida de los infelices, que ni deben buscar la opulencia, ni codiciar los bienes ajenos, ni pasarse con el placer. Para un pobretico, para un preso de Folsom, sólo hay cinco mandamientos. A veces seis. En ocasiones siete. Para el protagonista ni siquiera existen hasta que mata; o mejor dicho, hasta que escucha la sirena que le anuncia su futuro. Entonces llora, pero no por haber matado, sino por no haber honrado a su madre. Es un juego, el de las pistolas, y ha perdido. Vaya a la cárcel sin pasar por la casilla de salida. Esa, para otros. 

No es lo mismo un músico que un preso. Ambos son alegales, porque están fuera de la ley- alegal que no ilegal - y no hay ley en prisión. Al segundo, sin embargo, la ley lo arrastra. No le hacen gracia algunas cosas, por lo tanto. Johnny Cash tocó "Folsom Prison Blues"  para los presos de la prisión estatal de Folsom en el 68. Eso es la historia: mientras universitarios pijos hacían la revolución sexual, presos pobres escuchaban a un Johnny Cash cansado y acabado - como la guitarra del principio -  cantar La Estrofa. En la grabación se escuchan vítores que nunca sucedieron. He leído que los añadieron en post-producción. Los presos no vitorearon al hombre que mataba por curiosidad. Parece ser que en la cárcel hay Diez Mandamientos. Yo creo que puede que haya once, siendo el onceavo: "No vitorearás a Johnny Cash".



miércoles, 11 de diciembre de 2019

El gigante enterrado

Si algo tienen en común los premios Nobel que he tenido la oportunidad de leer es que casi todos me han aburrido profundamente. Me pasó con Coetzee y con Kawabata. También con Herman Hesse, y con Thomas Mann ni te cuento - me pregunto si algún día tendré narices para terminarme ya no el libro, sino aunque sea un capítulo de "La Montaña Mágica" - . Cada vez que he vuelto a poner en la estantería uno de estos libros - normalmente a medio terminar - me he sentido un inepto, como ciego de nacimiento a las virtudes de la literatura universal que acumula polvo entre líneas de libros de lengua y estanterías de esnobs literarios de todo el mundo. En definitiva, lo único que puedo decir a día de hoy es que leer sistemáticamente laureados del Nobel está muy bien para hacérselas de sabiondillo en la introducción de un texto, pero aseguro que, al menos en mi caso, no ha servido para mucho más. Desde luego no para disfrutar de mi tiempo de lectura.

Ishiguro es, sin duda, la gota que ha colmado el vaso. La culpa es mía, ya que cometí el error de empezar con él por arriba, es decir, por lo mejor. Leí "Nunca me abandones" (Never Let Me Go) justo el año en el que ganó el Nobel, sin yo saberlo. Lo del Nobel digo, no lo otro. Obviamente era consciente de que me lo estaba leyendo. Al no haber escuchado en mi vida nada sobre el tipo, lo que empezó como una lectura sin expectativas acabó por convertirs
e en el hallazgo de una voz muy peculiar, sorprendentemente hábil a la hora de desarrollar un retrato profundamente intimista y delicado sobre un fondo de ciencia ficción distópica. Tampoco me volvió loco, he de admitir. En algún momento, sin embargo, me enteré de lo del premio, lo cual, sospecho, ha distorsionado irremediablemente mi visión del lector, magnificando lo que ya he leído y forzándome con cuchillo a mirar con buenos ojos lo que leeré, dándole más vueltas de lo normal.

Es eso lo que hago con los Nobel: apretarlos más que a otros para extraer algo de jugo de lo que de otra manera no sería más que un texto que me hace bostezar. He intentado extraer ese jugo de dos obras más de Ishiguro, buscando la originalidad que encontré en su libro más celebrado. He fracasado. "Cuando fuimos huérfanos" (When We Were Orphans) me pareció denso e infumable en su momento y mi lectura más reciente, "El gigante enterrado" (The Buried Giant), me ha proporcionado una experiencia igualmente fláccida, aburrida y, sobre todo, inane. El único mérito que le puedo atribuir al autor con respecto a la última de las dos es que tenga la destreza suficiente para que una narración plagada de eventualidades y aventuras transcurra como parada en el tiempo, sin llegar nunca a transmitir el más mínimo sentido ya no de energía, sino de movimiento en general. Hay que ser muy intensito y denso para conseguir eso.

No doy un duro por los personajes de Ishiguro, lo cual es una pena teniendo en cuenta lo interesante que me ha resultado el trato del simbólico mal del que padecen éstos. El olvido, personificado en el sugerente aunque obvio recurso de la niebla, es el verdadero protagonista de la novela y lo es a dos niveles que son el mismo: el social y el personal. Nos situa en una Inglaterra mítica, la del rey Arturo y Merlín. No hay apenas datos sobre esta época, sólo sangre. Por eso el relato se desarrolla en la historia para sacarnos de ella. Es un tiempo anti-histórico el de la novela, precisamente porque apunta a cruzar los límites de la realidad para situarse fuera de Inglaterra y del mundo. Aspira a la universalidad, el autor. Es una fábula sobre la amnesia colectiva y personal lo que se entreve entre bostezo y bostezo. Y de verdad que me provoca verdadera tristeza que no esté mejor narrado. El tema de la novela es más interesante que la novela en sí, y eso lo sé yo y lo sabe Ishiguro. 

"Algunos de vosotros tendréis bellos monumentos gracias a los cuales los vivos recordarán el mal que os hicieron. Otros tendréis pobres cruces de madera o rocas pintadas, mientras que los últimos debéis permanecer ocultos en las sombras de la historia."/ p. 305.

Hay sangre y olvido en la sociedad como también hay sangre y olvido en un matrimonio. Es casi una necesidad. El matrimonio como guerra requiere de pactos y acuerdos. También de conveniente ignorancia de los hechos. Nuestra historia sentimental es la verdadera historia universal y nuestras sociedades matrimonios de conveniencia. La pregunta es inevitable: ¿Es mejor recordar la sangre o vivir en la niebla? Quizás haya respuestas diferentes. No lo sé. Como mínimo, el libro nos cuestiona sobre la necesidad de olvidos pactados en un mundo cuyos cimientos están pintados de rojo escarlata. El olvido como arma política, como arma de paz. Aunque también como violencia muda. La verdadera pregunta es: ¿Podemos aceptar las sombras que plagan nuestro pasado personal y colectivo?, o mejor aún, ¿acaso queremos?

"Me pregunto, princesa, si nuestro amor se habría hecho tan fuerte durante estos años si la niebla no nos hubiera robado nuestros recuerdos de la manera en la que lo hizo. Quizás ayudó a que se cerraran viejas heridas."/ p. 361.




domingo, 1 de diciembre de 2019

Papá, hueles a turrón

Nosotros no celebrábamos la navidad en casa. Mi padre nunca quiso. Había algo de oscuro en su determinación, como una pulsión anti-todo. Me daban envidia mis amigos, que tenían árboles de navidad con luces de colores cutres y acogedoras. Me imaginaba el barrio como una hoguera de colores infinitos con un pixel muerto, un mini-agujero negro molesto e imposible de ignorar. Éramos nosotros siempre, el pixel muerto en la ciudad. Lo fuimos desde que llegamos, después de lo de mi madre y de que nada fuera lo mismo. Desde que mi madre murió mi familia dejó de existir y nos convertimos en un cuadradito negro en la esquina de cualquier pantalla en la que figurábamos. 

Siempre he pensado que me encanta la navidad porque mi padre la odió con toda su alma. Convertir mi amor a la navidad en un acto de rebelión es la única manera de justificarme a mí mismo. La navidad es cutre y acogedora, como sus luces. Todo lo cutre es pasado de moda y pasado de moda es todo lo que pertenece a otra generación estética. Esto le confiere un carácter trascendental a la cutrez. Enraizamos en lo cutre porque es lo único que nos proporciona una mínima sensación de perpetuidad. No tendría ningún sentido si no que el ganchillo de las abuelas nos hiciera sentir como en casa. El ganchillo de abuela nos hace eternos. Colocar bien la pieza de encaje que cubre el brazo de un sofá es un acto que resuena en la eternidad. Tiene un aura de eterno lo cutre. Mi padre nos privó de esa eternidad. 

El veinticinco de diciembre de mil novecientos noventa y ocho nos levantamos temprano mi hermana y yo. Quince y trece años respectivamente. La tarde anterior habíamos hecho una pequeña excursión a los veinte duros. En esa época no había chinos. Compramos unos diez metros de luces de colores, como si quisiéramos compensar por todas las navidades no celebradas. Cuando llegamos, mi padre aún dormía. Las luces parpadeantes de los vecinos se colaban por la ventana. Yo las miraba como hipnotizado mientras colocaba las mías, aún apagadas, alrededor de su cuello.

No tardó en llegar la ambulancia, acompañada de dos coches de policía. Sus luces se mezclaban con las nuestras, que brillaban en el balcón como banderolas orgullosas, indicando que aquel castillo había sido conquistado. Brillábamos ahora más que nadie.