Da a
entender Rosa Montero en el prólogo de la nueva edición de su Crónica del desamor que no está contenta
con lo que escribió, que no quiere volver a leer el libro porque lo imagina
superficial, porque le da miedo sentirlo ajeno a la escritora en la que se ha
convertido. Yo leí esto y me temí lo peor. Esperaba una novela esquemática y
simple que describiera una transición dramatizada al estilo de las novelas
históricas que salen hoy a patadas y que se preocupan más por hacernos tragar
miles de datos que por trazar una historia con gusto literario. Esperaba la
propaganda de una joven exaltada en una época especialmente política, una época
que ahora se describe con brocha gorda y que nadie se atreve a mirar con el
cuidado que se merece. No pensé en ningún momento que Rosa Montero estaba
simplemente haciendo alarde de la modestia que rodea a todo buen escritor
cuando escribió estas palabras. No pensé en ningún momento que lo que ella
decía no era más que una exageración de alguien que, tras décadas de carrera literaria,
probablemente sea especialmente receptiva a los fallos inexistentes en su obra.
En definitiva, me creí lo que decía el modesto prólogo palabra por palabra.
Error.
Resulta
que la novela debut de Rosa Montero es un exquisito análisis de una sociedad
poliédrica, llena de matices y aristas. Entre sus páginas, la sociedad española
se convierte en un laberinto de emociones difíciles de manejar y mucho menos de
entender. Crónica del desamor es
precisamente lo que indica su título, ni más, ni menos. Sí, el contexto es
político, institucional si se quiere, lleno de siglas y de discursos
elocuentes, grandes hombres y bravísimas intenciones; pero la transición de
Rosa Montero no es la de los periódicos, sino la que no se ve, la que tiene
lugar (sí, en presente) en el día a día de las personas, envuelta en los paños
calientes de intimidad y secretismo que ni el más atento historiador sería
capaz de desvelar. La política está de fondo, como no podía ser de otra manera,
porque traerla al frente sería faltar a la verdad. Esto no solamente tiene que
ver con la sociedad apática del posfranquismo, caracterizada por la opinión
muerta y la libertad vacía. Tiene que ver con el enfrentamiento entre la
realidad pública y la vivencia privada, carente de siglas, contorsionada por
sus incoherencias, por nuestras incoherencias.
Personajes
como el de Ana, Laura o Cecilio exponen de un modo crudo y certero lo que
significó esa transición para las
personas, las que no estaban en el parlamento ni en alma ni en cuerpo
porque antes del país estaba la cordura de uno mismo, difícilmente preservada
en un terreno inhóspito que no entiende ni de firmas ni de acuerdos. Los
personajes de esta novela viven en una sociedad de colisiones estelares en la
que el ruido de la explosión desorienta hasta el punto de hacer imposible ver
el alcance de esta. Nietos del franquismo e hijos de la democracia que se
mueven en un mundo de sombras, nadie se salva de contradicciones, mucho menos
de las estructuras sociales y culturales enraizadas en la médula de mujeres y
hombres por igual.
El
estilo narrativo fluye en forma de pensamiento, de monólogo interno, o más bien
de diálogo entre dos personalidades opuestas, pero inevitablemente unidas.
Fluye de la primera a la última página y su curso deja poso. Nos ayuda a
entender un momento complejo como pocos, invadido por un discurso político que
ha desplazado el papel de los que de verdad transicionaron:
los españoles, personas de carne y hueso, que sienten, que viven y que
recuerdan. Lo más impactante es que ahora, cuarenta años después, aún resuenan
las preguntas que Crónica del desamor
plantea. Nos obligan a mirarnos dentro, incluso a los que somos hijos de un
tiempo ajeno. Nos preguntan lo que somos, hacia donde vamos, pero sobre todo:
de dónde venimos.

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